«Los maestros sabios resplandecerán como la pureza del cielo; y los que han enseñado al pueblo a seguir el camino recto brillarán por siempre como las estrellas.»
Daniel 12:3 (PDT)
Muchas personas desean destacarse para ser admiradas como “estrellas”: del cine, de la música, del deporte, del arte, de la literatura o de cualquier otra actividad donde puedan lucir sus dones y talentos.
El deseo de “brillar” siempre ha estado presente en el corazón del ser humano. Muchos quieren brillar por su belleza, por su inteligencia, por su elocuencia, por su carisma, por su fuerza o por sus capacidades.
Una manera diferente de brillar
Pero existe una manera de brillar que tiene un valor mucho más profundo. La Palabra de Dios habla de hombres y mujeres que resplandecerán como las estrellas, y destaca especialmente a quienes han adquirido sabiduría y han enseñado a otros a caminar por el camino de la justicia.
Qué hermoso reconocimiento de parte de Dios para quienes dedican parte de su vida a instruir a otros.
Porque enseñar no es solamente transmitir conocimientos. Es también sembrar, orientar, animar. Es corregir cuando es necesario, volver a explicar cuando alguien todavía no comprende, tener paciencia con quien necesita otra oportunidad, entregar una palabra que quizás hoy parece pequeña, pero que mañana puede convertirse en un aprendizaje que acompañe toda una vida.
Una enseñanza que deja huella
Muchas veces, quien enseña no alcanza a ver el resultado de todo su trabajo. Una enseñanza puede quedar guardada durante años en el corazón de alguien hasta que, en el momento preciso, vuelva a cobrar sentido.
Por eso, cada palabra compartida con sabiduría, cada consejo dado con amor y cada enseñanza transmitida con dedicación puede dejar una huella mucho más profunda de lo que imaginamos.
Cuando conocemos a Dios por medio de su Palabra, recibimos sabiduría de lo alto y podemos convertirnos también en instrumentos para transmitir esa luz a otros.
También enseñamos con nuestra vida
Pero no se trata solamente de lo que enseñamos con nuestras palabras. También enseñamos con nuestro ejemplo y con nuestra manera de vivir. Con nuestra paciencia, nuestra perseverancia, nuestra forma de tratar a los demás. Con la manera en que enfrentamos los días difíciles.
Porque muchas veces una vida justa y un buen testimonio enseñan mucho más que un gran discurso.
«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»
Mateo 5:16
«La verdadera luz no busca llamar la atención sobre sí misma. La verdadera luz permite que otros puedan encontrar el camino.»
Reflexión del domingo
Instruye, anima, acompaña, deja huella. Brilla para siempre.
Tu Palabra no cambia. Tu Palabra permanece.
Lámpara es a mis pies tu Palabra. Lumbrera que ilumina mi caminar. Aunque venga la noche más oscura, Tu verdad me volverá a levantar. Para siempre permanece tu Palabra.

