El Hijo eterno de Dios vino al mundo no solamente para realizar milagros, sino para anunciar salvación, restaurar vidas y revelar el amor del Padre. Cada una de sus obras manifestó su poder, pero también dejó al descubierto su infinita misericordia.

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD | MES DE JESÚS

Durante este mes estamos recorriendo la vida y la obra de Jesucristo. En nuestro encuentro anterior reflexionamos sobre una verdad fundamental: Jesús no comenzó a existir en Belén. Él es eterno. El Verbo que era con Dios y era Dios se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:1-14).

Pero ¿para qué vino Jesús al mundo? ¿Qué propósito tenían sus milagros?

La respuesta la encontramos en la sinagoga de Nazaret, cuando Jesús abrió el libro del profeta Isaías y leyó:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos”. (Lucas 4:18).

Luego de leer aquellas palabras, declaró algo extraordinario:

“Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”. (Lucas 4:21).

Jesús estaba anunciando que Él era el cumplimiento de aquella promesa. El Mesías esperado había llegado. Su misión no consistía en alcanzar fama, riquezas o poder político, sino en traer salvación, libertad y reconciliación con Dios.

LOS MILAGROS QUE REVELARON SU CORAZÓN

Los Evangelios nos muestran que Jesús no solamente predicaba acerca del Reino de Dios: también manifestaba su autoridad mediante obras extraordinarias.

En Caná de Galilea, convirtió el agua en vino durante una boda (Juan 2:1-11). Allí manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él. Su presencia también alcanzaba las necesidades de la vida cotidiana.

En Capernaúm, sanó al hijo de un oficial sin necesidad de estar físicamente junto al enfermo. Bastó su palabra: “Ve, tu hijo vive” (Juan 4:50). Aquel padre creyó, y posteriormente también toda su familia.

En una sinagoga, liberó a un hombre atormentado por un espíritu inmundo (Marcos 1:21-28). Su autoridad demostró que la verdadera libertad no se encuentra simplemente en las prácticas religiosas, sino en el poder de Cristo.

En la casa de Pedro, sanó a su suegra, que padecía fiebre (Lucas 4:38-39). Jesús no solamente atendía a las multitudes; también se acercaba a las necesidades particulares de las familias.

Al caer la tarde, muchos enfermos y oprimidos fueron llevados delante de Él, y Jesús los recibió con misericordia (Lucas 4:40-41). Detrás de cada persona había una historia, una familia y una necesidad que el Señor conocía.

En el mar de Galilea, después de una noche sin resultados, Pedro obedeció la palabra de Jesús y recibió una pesca extraordinaria (Lucas 5:1-11). Sin embargo, el mayor milagro no fueron las redes llenas, sino la transformación de aquel pescador que decidió dejarlo todo para seguir al Maestro.

Finalmente, un hombre enfermo de lepra se acercó a Jesús buscando ser limpio. En una sociedad donde su condición lo mantenía apartado de los demás, Cristo extendió su mano, lo tocó y le dijo: “Quiero; sé limpio” (Marcos 1:41).

Jesús no solamente tenía poder para sanar: también tenía un corazón lleno de compasión.

MUCHO MÁS QUE MILAGROS

Cada una de estas señales nos enseña que Jesús veía mucho más allá de las circunstancias. No contemplaba únicamente enfermedades, necesidades económicas o sufrimientos. Veía personas que necesitaban esperanza, perdón y una nueva vida.

Sus milagros confirmaban su autoridad y mostraban la presencia del Reino de Dios. Pero su misión era mucho más profunda: reconciliar al ser humano con su Creador.

No significa que todos nuestros problemas desaparecerán inmediatamente, ni que cada enfermedad será sanada como esperamos. Significa que podemos acercarnos con confianza a un Salvador misericordioso que conoce nuestras necesidades.

UNA PALABRA PARA NUESTRO CORAZÓN

Quizás hoy estés atravesando una enfermedad, una dificultad familiar, una tristeza profunda o una situación que parece no tener salida.

Recordá que el mismo Jesús que se acercó a los olvidados, que escuchó al padre angustiado y que llamó a Pedro después de una noche de fracaso, continúa invitándonos a confiar en Él.

Pero no busquemos solamente sus bendiciones. Busquemos conocer al Salvador.

Pedro pudo haberse quedado admirando los peces que había recibido. Sin embargo, comprendió que delante de él estaba alguien mucho más grande que cualquier milagro: Jesucristo, el Hijo de Dios.

La pregunta más importante no es solamente si creemos que Jesús hizo milagros, sino si verdaderamente hemos reconocido quién es Él y estamos dispuestos a seguirlo.

Sus milagros manifestaron su poder. Su compasión reveló su corazón. Y su muerte y resurrección nos abrieron el camino de la salvación.

Conozcamos a Jesús, creamos en Él y sigámoslo.

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD — Christian y Mariana Arévalo.

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