Cada 31 de octubre, Halloween vuelve a hacerse presente en comercios, escuelas, barrios y redes sociales. Lo que para muchos es una simple noche de disfraces y golosinas, para los cristianos plantea una pregunta más profunda: ¿qué estamos celebrando realmente y qué mensaje estamos transmitiendo a nuestros hijos?
Una tradición importada
Halloween es una tradición importada que con el paso del tiempo fue ganando espacio también en nuestro país. Su estética gira alrededor de la oscuridad, la muerte, las brujas, los espíritus y el miedo. Aunque hoy suele presentarse como una diversión inocente, sus símbolos no son neutrales y merecen ser examinados con discernimiento espiritual.
Diversos estudios históricos vinculan sus raíces con antiguas celebraciones paganas asociadas al Samhain celta, una fecha relacionada con el fin de la cosecha y creencias sobre la cercanía del mundo de los muertos. Más tarde, esas costumbres se mezclaron con tradiciones populares y terminaron transformándose en la fiesta comercial que hoy conocemos.
Discernir a la luz de la Palabra
Desde una perspectiva bíblica, el tema no pasa solamente por el origen histórico, sino por el significado espiritual de aquello que normalizamos. La Palabra de Dios advierte claramente sobre toda práctica relacionada con la hechicería, la adivinación y la consulta a los muertos (Deuteronomio 18:10-12), y también nos llama a no participar en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien a reprenderlas (Efesios 5:11).
Muchos padres permiten Halloween pensando que no pasa nada, que es solo un juego o una costumbre social. Sin embargo, la infancia es una etapa en la que se siembran valores, imágenes, palabras y costumbres. Cuando los niños son expuestos repetidamente a símbolos de tinieblas, muerte o terror como parte de una celebración, corresponde preguntarnos si eso edifica realmente su corazón y su entendimiento.
No todo lo que la cultura presenta como diversión conviene al alma.
La preocupación cristiana no tiene que basarse en supersticiones ni en miedo descontrolado. No se trata de afirmar que un niño queda automáticamente entregado al diablo por ponerse un disfraz o pedir caramelos. Pero sí es necesario advertir que toda práctica repetida enseña, forma y moldea. Y en esa formación, los padres tienen una responsabilidad espiritual indelegable.
Padres, despierten
La Biblia enseña que la muerte y la vida están en poder de la lengua (Proverbios 18:21), y también llama a los padres a instruir diligentemente a sus hijos en el camino del Señor (Deuteronomio 6:6-7). Por eso, más que dejarnos arrastrar por la moda o por la presión cultural, debemos preguntarnos si estamos guiando a nuestros hijos hacia la Luz o acostumbrándolos a convivir con aquello que Dios nos llama a discernir.
Jesucristo dijo: ‘Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida’ (Juan 8:12). Esa declaración nos recuerda que la identidad del creyente no está en imitar costumbres populares, sino en caminar en la luz de Cristo.
Halloween puede parecer una simple fecha del calendario, pero también es una oportunidad para que la Iglesia despierte, para que los padres reflexionen, y para que las familias cristianas vuelvan a afirmar con claridad a quién pertenecen y a quién desean servir. Nuestros hijos no necesitan una noche de oscuridad disfrazada de inocencia; necesitan conocer a Jesús, la verdadera Luz en medio de este mundo.
Padres, despierten. Iglesia, despierta. No todo lo que la cultura presenta como diversión conviene al alma. Que este 31 de octubre sea una ocasión para afirmar la fe, enseñar con amor y elegir la luz antes que las tinieblas.




