“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” — Juan 1:29.
Jesús fue presentado como el Cordero de Dios porque vino a hacer lo que ningún sacrificio anterior podía completar definitivamente.
Él no solo cubre el pecado: lo quita. Su entrega fue perfecta, santa y suficiente. En Cristo, el pecado pierde su dominio y el pecador arrepentido encuentra limpieza verdadera.
El Cordero de Dios nos muestra el amor de un Padre que no se quedó indiferente ante nuestra condición, sino que envió a su Hijo para darnos una nueva vida.
Hoy podemos acercarnos a Él con fe, confianza y gratitud.
El Cordero de Dios nos recuerda que ya no tenemos que cargar nuestras culpas solos. Él las llevó por nosotros y nos dio la oportunidad de caminar en libertad.
Su sacrificio nos reconcilia con Dios, nos da paz y nos abre un futuro lleno de esperanza.
Hoy es un buen día para mirar a Jesús, reconocer su obra en tu vida y confiar en que su gracia es suficiente.
Él sigue siendo el mismo: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Para reflexionar
¿Estoy confiando en Jesús como el único que puede quitar mi pecado?
Jesús es el Cordero que quita el pecado. Su entrega nos da limpieza, paz y una nueva vida.
Una Luz en la Oscuridad.
Hebreos 10:10–14 presenta la entrega de Jesucristo como un sacrificio realizado una vez para siempre. Esta verdad nos invita a descansar en su obra, en lugar de tratar la relación con Dios como una deuda que pudiéramos pagar por nuestros propios méritos.
Recibir su gracia también transforma nuestra manera de vivir. Podemos responder con arrepentimiento, gratitud y disposición a reparar el daño que hayamos causado. El perdón recibido nos llama a tratar a otros con misericordia.
Para orar: Señor Jesús, gracias por tu entrega. Ayudame a confiar en tu obra, a reconocer aquello que debo cambiar y a caminar con humildad. Que tu amor se refleje en mis decisiones y en el trato hacia quienes me rodean. Amén.

